El live-action de One Piece acaba de regresar a Netflix con su segunda temporada. Estrenada en 2023, la serie enamoró a los fans, rompiendo al fin la maldición de las adaptaciones de manga/anime tan desastrosas de años y décadas anteriores. Esta vez, la plataforma de streaming lograba lo impensable, llevar a la imagen real una de las historias más grandes y complejas jamás publicadas. Ahora, con la nueva tanda de capítulos, el reto vuelve a ser enorme, pues la historia de Luffy y los Sombreros de Paja no para de crecer.

En esta segunda temporada, One Piece adapta los arcos de Logetown, la Montaña Invertida (Cabos Gemelos), Whiskey Peak, Little Garden e Isla de Drum. En ellos, Luffy y su tripulación zarpan rumbo a la extraordinaria Grand Line, una fabulosa franja de mar donde el peligro y el asombro aguardan a cada paso. Mientras viajan por ese reino impredecible en busca del mayor tesoro del mundo, el One Piece de Gold Roger, se encontrarán islas extrañas y con nuevos enemigos formidables.

Entre los nuevos personajes encontramos añadidos fundamentales para el futuro de la trama de ahora en adelante. La segunda entrega del live-action de One Piece nos presenta a Miss Wednesday / Vivi Nefertari, a Miss All Sunday / Nico Robin, a los gigantes Dorry y Brogy o al pequeño reno Chopper. También llegan los temibles Baroque Works, una organización criminal secreta que se convierte en el gran enemigo de los Sombreros de Paja en el grueso de los episodios. En definitiva, el gran reto de esta nueva entrega para Netflix era hacer crecer un mundo ya de por sí muy rico y grande.

One Piece temporada 2 Netflix live-action

One Piece duplica la apuesta

Lo más destacable de esta temporada 2 de One Piece es que se nota muchísimo que Netflix ha duplicado el presupuesto del live-action. El East Blue era un buena introducción a un universo tan loco como el que creó Eiichiro Oda a finales de los años 90. Pero es con la llegada a la Grand Line cuando de verdad este mundo explota y demuestra su potencial. Ya los tráileres lo anticipaban con la llegada de gigantes, dinosaurios y hasta una nutria en pijama montando en un buitre mientras dispara una ametralladora. Al lado de los retos de esta entrega, lo de los hombres pez de la primera queda en una nimiedad.

Por fortuna, Netflix ha conseguido contra todo pronóstico que prácticamente cualquier personaje o situación que el guion les pusiera por delante quede perfectamente plasmada en pantalla. Los efectos especiales, tanto digitales como prácticos, son aún más numerosos que los que ya vimos hace tres años. Pero es que, además, están bastante mejor conseguidos. Y los escenarios vuelven a sentirse muy reales y tangibles. Por supuesto, todo dentro de ese tono caricatura de serie B con esteroides que demanda una serie como esta.

One Piece gigantes

Hay más usuarios con habilidades que hacen que la capacidad de Luffy de estirarse sea lo más normal que pasa en One Piece. Y, a pesar de ello, queda muy bien. De nuevo, vuelve a existir por momentos ese valle inquietante, esa sensación chocante en la que el espectador sabe que está viendo algo imposible, pero muy realista, y da cierto reparo. Pero es una barrera que se sortea incluso mejor y más rápido que en la primera temporada. De hecho, los momentos o diseños insalvables (como algunas formas de Chopper o el poder deslizante de Alvida, entre otros ejemplos) son sencillamente fruto de querer mantenerse fieles al manga, no hay manera posible de que no produzcan cierta extrañeza.

Además, Netflix también ha elevado mucho el nivel con más secuencias de acción que, se nota, requieren de un cuidado técnico enorme. Las coreografías son sensacionales, el ritmo es vertiginoso y la manera de rodarlo genera una brutal sensación de inmersión. Probablemente el punto álgido de esto sea la gran batalla de Zoro en Whiskey Peak. Pero ya desde Loguetown tenemos escenas de peleas demenciales. Todo ello se ha logrado con mucho mimo.

One Piece Zoro

El nuevo corazón de la serie

En la primera temporada, el motor de One Piece era Luffy y, más concretamente, su sueño de convertirse en el Rey de los Piratas. A él se añadieron sus cuatro tripulantes, cada uno con sus propios sueños y anhelos, otorgando un alma única a la serie. Ahora, esos sueños siguen en marcha y moviendo el proyecto. Sobre todo porque los protagonistas cuentan con aún más química que en la entrega anterior. Es fascinante ver cómo, por encima de cualquier logro técnico o presupuestario, el mayor valor del live-action de One Piece es su casting.

Iñaki Godoy vuelve a demostrar que ha nacido para el papel de Luffy. Algo que el mismísimo Oda le dijo cuando le vio por primera vez y le reconoció como el hombre de carne y hueso del personaje que llevaba tantos años dibujando. Su carisma es única y ha entendido como nadie el aura y la esencia del capitán del Going Merry. Junto a él, Emily Rudd (Nami), Taz Skylar (Sanji), Mackenyu (Zoro) y Jacob Gibson (Usopp) también se muestran perfectos en sus roles, con dinámicas entre ellos que les hacen crecerse y que hacen que la serie se vuelva mejor.

Pero además de los ya conocidos, One Piece añade un ingrediente a la ecuación que, con el paso de los capítulos, acab derivando en el nuevo corazón de esta temporada 2 y, sobre todo, de lo que apunta a ser la temporada 3. Hablamos de Charithra Chandran como Vivi. Su arco es muy emotivo, dramático y anticipa lo que sucederá en el futuro cuando la serie alcance Arabasta, considerado como el primer gran arco en el que el manga de verdad desata su potencial.

Cambios y una promesa de ir a más

En este sentido, hay que reconocer que la trama en sí de la temporada 2 tiene altibajos. Pero de nuevo no por el live-action en cuestión sino porque esta es, quizás, una de las partes con menor condimento de One Piece (pese a seguir siendo muy potente). Los arcos que abarca la temporada 2 se encuentran en una suerte de tierra de nadie justo después de la genial introducción que supone la Saga del East Blue, pero justo antes de ese primer gran arco que es Arabasta.

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