Buena suerte, pásalo bien, no mueras; el regreso al cine de Gore Verbinski, que se estrena este fin de semana en España, es dos cosas a la vez. Por un lado, una fábula sobre la responsabilidad que todos tenemos sobre el futuro, utilizando el tropo del viaje en el tiempo. Por el otro, una comedia ácida y negrísima acerca de cómo la ciencia ficción puede explorar en la distopía sin caer en clichés. Entre ambas cosas, la película sorprende por su intento de tocar temas profundos, sin hacerlo de manera obvia. Pero además, por su sátira sobre el género que va de lo hilarante a lo tenebroso. 

Lo interesante es que la cinta no intenta crear un universo complicado. Tampoco pierde tiempo en explicaciones extensas ni en construir un mundo futurista lleno de detalles técnicos. En cambio, lanza al espectador a una experiencia que mezcla ansiedad tecnológica con humor incómodo. La historia toma como base una idea conocida (la IA como amenaza), pero la aborda desde un ángulo torcido, casi burlón. Por lo que evita parecer una aventura épica. De hecho, Buena suerte, pásalo bien, no mueras; es una especie de combinación destartalada de Regreso al futuro con algunas ideas de la saga Terminator. Pero todo más sucio, inmediato y cercano.

El director opta por una estrategia clara: exagerar los miedos actuales hasta volverlos grotescos. La inteligencia artificial no es un concepto abstracto ni un villano distante. Es una presencia que parece inevitable, como una filtración lenta que nadie puede detener. Lo interesante es que la película evita sermones. No intenta enseñar, sino que prefiere incomodar. Cada escena parece diseñada para provocar una reacción, incluso si esa reacción es una risa nerviosa. De la llegada de su viajero en el tiempo (Sam Rockwell con una desconocida vena cómica) hasta cómo contar su historia. La cinta desafía la expectativa de una historia de ciencia ficción típica.

Catástrofe servida con café nocturno

Una idea que la película plantea desde su primera escena, que muestra un restaurante común, una noche cualquiera. La escena parece trivial. Conversaciones ligeras entre mesas medio vacías, la rutina del lugar, nada fuera de lo normal. Hasta que aparece una figura extraña que rompe el equilibrio. El hombre del futuro (Rockwell) llega con un anuncio a los gritos. Todos los presentes están destinados a salvar el mundo del ataque de una IA agresiva que devastará el mundo en un futuro cercano. Por lo que él solo cumple la misión de avisar, pero que cada uno de los presentes tiene la labor de batallar contra lo que se avecina. 

Su presencia es desconcertante desde el inicio, en especial porque la trama convierte al personaje en una especie de mendigo más cercano a la comedia. Tampoco ofrece pruebas claras ni explicaciones detalladas. Simplemente afirma que viene de un tiempo devastado y que todo depende de las personas que se encuentran esa noche en ese lugar. La premisa es absurda. Y la película lo sabe. No obstante, en lugar de justificarla, la abraza y la convierte en una premisa que enlaza la vida de todos sus protagonistas. 

Porque lo realmente importante no es saber o predecir qué va a ocurrir. En vez de eso, la pregunta es cómo el puñado de desconocidos del restaurante tiene un poder semejante. Eso, mientras el personaje de Rockwell se hace cada vez más impredecible. Esa ambigüedad resulta clave, porque nunca está claro si hay que tomar en serio lo que dice o verlo como un delirio más. Sin embargo, su discurso sobre un sistema que acabará dominándolo deja la sensación de amenaza real.

Improvisados contra lo inevitable

Tras el anuncio del desastre, el grupo que rodea al Hombre del Futuro pasa de la incredulidad a la acción. No por convicción absoluta, sino porque la alternativa resulta aún más inquietante. Así se forma un equipo improvisado. Personas comunes, con habilidades dispares que de pronto, están obligadas a enfrentar un problema que supera cualquier lógica cotidiana. El guion de Matthew Robinson se vuelve progresivamente más pendenciero y exagerado, mientras deja pistas sutiles de que el desconocido estrafalario podía ser la verdad. Todo, sin afirmar que pueda serlo. 

Para contar algo semejante, el argumento crea un grupo de los habituales personajes variopintos con historias que contar por separado. Pero, dentro de este mosaico de historias, algunos personajes logran destacar con más fuerza. Susan (Juno Temple) es uno de los casos más interesantes. Su segmento se enfoca en cómo los sistemas automatizados afectan la vida cotidiana. No desde una perspectiva técnica, sino desde la experiencia personal. Por lo que su historia avanza de forma progresiva, mostrando un cambio que resulta inquietante precisamente por su sutileza.

Ingrid (Haley Lu Richardson), por su parte, ofrece una mirada distinta. Su conflicto gira en torno a la sensación de quedar desplazada en un mundo que prioriza la eficiencia. Despedida para que la IA ocupe su lugar; el personaje tiene buenas razones para creer que lo que el desconocido cuenta, es cierto. Sin embargo, en lugar de caer el cliché, la historia conecta con una ansiedad contemporánea muy reconocible. Por otro lado, los roles interpretados por Michael Peña y Zazie Beetz avanzan de forma más directa. Y entre todo, Buena suerte, pásalo bien, no mueras parece reírse de la idea de un futuro devastado o en cualquier caso, no tomarlo tan en serio.

Aunque pueda parecer disparatada, Buena suerte, pásalo bien, no mueras tiene mucho de crítica social disfrazada de acción postapocalíptica. Y aunque tiene varios baches de tono y ritmo, lo cierto es que es lo suficientemente interesante para sostener su premisa sin dificultad. Lo que convierte en una rareza digna de disfrutarse y la demostración de que Gore Verbinski no pierde su genio distintivo. Una buena noticia para fanáticos del cine

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