
Confía en mí: El falso profeta, el nuevo true crime de Netflix, pone sobre la mesa un punto controvertido. La proliferación de las sectas en la actualidad y, lo que es más terrorífico, la manera en que grupos extremistas utilizan la fe como una forma de control. Pero en lugar de profundizar en el tema solo a través de entrevistas o recreaciones de sucesos morbosos, la producción toma una decisión curiosa. Y esa es indagar sobre la naturaleza de la fe, el miedo y la perversión del dogma religioso. Hacerlo, además, dejando claro los peligros del fanatismo, la proliferación de organismos y cultos parecidos en el mundo contemporáneo.
Para eso, la miniserie de cuatro episodios, dirigida por la ganadora del Emmy Rachel Dretzin, se aleja del true crime convencional, al utilizar una estructura de reconstrucción de fuente primaria. A través de sus capítulos, la trama se apoya en cientos de horas de grabaciones inéditas, conversaciones registradas y testimonios directos. Todos, recopilados en tiempo real por la experta en sectas Christine Marie y su esposo, el cineasta Tolga Katas. Una labor de años que lograron al infiltrarse en el círculo íntimo de Samuel Bateman en Short Creek, Utah. Todo, para después proporcionar a las autoridades federales la evidencia necesaria para desmantelar su red criminal desde adentro.
El eje central de la historia es el ascenso de Bateman, un antiguo miembro de bajo rango de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (FLDS). Todo, al aprovechar el vacío de poder dejado por el encarcelamiento de Warren Jeffs en 2011. Bateman convenció a una población vulnerable de que Jeffs hablaba a través de él, estableciendo un control absoluto sobre sus seguidores bajo la fachada de una autoridad divina. Confía en mí: El falso profeta expone cómo utilizó esta influencia para orquestar una conspiración de abuso sexual, tomando a decenas de esposas. Incluyendo a menores de tan solo 9 años de edad.
La religión, el miedo y la manipulación

Durante sus dos primeros episodios, Confía en mí: El falso profeta analiza el entorno que provocó un crimen sexual a gran escala. En especial, profundizando en la jerarquía de la FLDS, una rama radical y fundamentalista del mormonismo. Pero, al contrario de otras, esta vertiente se separó de la iglesia principal a principios del siglo XX para seguir practicando la poligamia. Por lo que estableció comunidades aisladas en las que los líderes o profetas tenían poder absoluto y un control total en la vida de sus miembros.
De hecho, como bien indaga la producción, el giro tenebroso de la organización ocurrió cuando la estructura vertical del culto acumuló poder en la figura del líder. Una situación que se extendió más allá de solo la capacidad para tomar decisiones financieras e incluso de índole doméstica en los creyentes. También, la de ejercer control, presión y manipulación en la crianza de los miembros y hasta en su vida matrimonial. De hecho, la organización cobró notoriedad mundial por los crímenes de su líder, Warren Jeffs. Este último, condenado a cadena perpetua por abuso de menores. Lo que provocó una fragmentación del grupo y la aparición de facciones aún más extremistas como la de Samuel Bateman.
Un aspecto desgarrador que destaca: Confía en mí. El falso profeta es la deshumanización sistemática dentro del culto. Una situación que se volvió de claro abuso físico, emocional y sexual. De hecho, las mujeres eran despojadas de sus nombres y referidas únicamente por números. Bateman las utilizaba como una fuerza laboral gratuita para financiar su red de negocios, mientras mantenía un control psicológico férreo mediante amenazas y aislamiento familiar. En un proceso cada vez más terrorífico, el culto terminó por convertir a sus miembros no solo en parte de su base de creyentes. También en trabajadores sin paga y víctimas de diversos crímenes sexuales.
Confía en mí: El falso profeta, la inquietante mirada al mundo de las sectas

Para indagar en lo anterior, el true crime detalla tácticas de manipulación extremas. De la organización de encuentros sexuales grupales y la vigilancia constante, hasta la explotación financiera y violencia física. Todo bajo las órdenes de Samuel Bateman. De modo que la serie es también retrato de un narcisista depredador que usaba la religión como escudo para crímenes bajo el amparo de la fe y el fanatismo. Cuestiones que además se analizan desde la complacencia de la ley con diversos cultos legales y lo mucho que cuesta demostrar delitos de semejante naturaleza.
Un punto que queda demostrado para los capítulos finales de la producción. Un giro que incluye los intentos de Christine Marie para mantener su fachada de devoción mientras recopila pruebas. Incluso en momentos de peligro inminente donde su cobertura estuvo a punto de ser descubierta. Confía en mí: El falso profeta muestra cómo su valentía permitió documentar no solo los abusos, sino también elementos surrealistas de la megalomanía de Bateman.
Un punto especialmente extraño y delirante fue el intento del líder de contactar a figuras internacionales como la fallecida reina Isabel II. Un momento que se narra para describir la desconexión total del líder con lo que ocurría más allá del ámbito de la secta.
Confía en mí: El falso profeta es un testimonio que celebra el valor de las víctimas que finalmente encontraron su voz para testificar. Aunque a Bateman se le condenó a 50 años de prisión, la serie advierte que su influencia persiste. Eso debido a que sigue intentando controlar a sus seguidoras mediante llamadas diarias desde su celda. Al final, el documental es un mapa detallado sobre cómo desmantelar sistemas de abuso profundamente arraigados. Eso mientras deja claro que la lucha por la libertad de las víctimas continúa incluso después de que el profeta termina tras las rejas.
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