La tercera y última temporada de Good Omens tiene un problema que resolver. O más de uno y todos graves. Por un lado, cerrar en 90 minutos la historia de doce capítulos divididos en dos entregas exitosas. El otro y más complicado, sobrevivir a la alargada sombra del escándalo de Neil Gaiman que detuvo en seco el desarrollo de un final digno. Peor todavía, que envió a la serie a un limbo complicado que se resolvió con Prime Video aceptando un cierre que es más o menos un guiño nostálgico. 

La producción logra con dificultad sostenerse en todo este terreno resbaladizo, a pesar de que esta conclusión, anticlimática y apresurada, sabe a poco. En especial, porque Good Omens es una de las series fantásticas más queridas de la plataforma y una de las que más caló en la cultura pop. Su combinación de humor absurdo, referencias bíblicas tratadas como si fueran chismes de oficina y una dinámica romántica disfrazada de rivalidad burocrática cautivó. Pero además, le dio una personalidad muy distinta al resto de las producciones del género. 

Pero el dilema llegó de la manera más inesperada. Durante años, el programa tuvo una identidad clara gracias a la participación directa de Neil Gaiman. Una influencia en la riqueza del contexto mitológico, los diálogos ingeniosos y en cada personaje secundario que parecía haber escapado de una convención de criaturas excéntricas. Sin embargo, después de las acusaciones de abuso contra el autor en 2024, el futuro de cualquier producción relacionada con su nombre quedó en el limbo.

Una decisión controvertida

De inmediato, Prime Video tomó la decisión de apartar al escritor de la sala de producción y reducir su participación a un nombre en los créditos. Eso, a pesar de que la tercera temporada ya estaba en marcha. Pero la consecuencia inmediata fue la reducción drástica de la entrega final.

De seis episodios, la conclusión se transformó en una sola entrega de noventa minutos. Más complicado, sufrió un cambio de ritmo y tono que hizo a la serie una especie de experimento complicado. Así que la pregunta es inevitable: ¿Logra Good Omens concluir su historia de manera satisfactoria? Sí y no. 

Los problemas del final de una serie entrañable pero polémica

El episodio final de Good Omens es un homenaje a todo lo que hizo especial a la serie. Pero en particular a la historia de amor central, protagonizada por Aziraphale (Michael Sheen) y Crowley (David Tennant). Como se recordará, el ángel y el demonio que en la primera temporada trataron de evitar el fin del mundo, en la segunda enfrentaron su propia naturaleza dividida. Por lo que la tercera entrega se encuentra en una disyuntiva. Otra vez evitar el apocalipsis, pero además encontrar una manera de estar juntos.

De manera apresurada y un tanto atropellada, todos los temas del argumento se resuelven y casi de manera satisfactoria. Pero algo queda claro: el episodio carga demasiadas responsabilidades. Por lo que jamás encuentra una forma elegante de administrarlas. De modo que la trama pasa gran parte de su tiempo explorando conflictos, presentando figuras nuevas y recuperando asuntos pendientes mientras el reloj avanza. Lo más complicado, en una especie de cambio radical de punto de vista que hace al último capítulo una rareza. 

Todo a pesar del esfuerzo de Michael Marshall Smith y Peter Atkins, ahora acreditados como coguionistas, de conservar el tono que definió a la serie durante años. Claro está, hay momentos donde la esencia de la serie se mantiene; otros parecen pertenecer a un programa completamente distinto. El primer tramo del episodio es especialmente lento y demuestra esa ligera disparidad.

Pero lo que se lamenta es que Good Omens perdió la capacidad de mezclar fantasía y la comedia británica. En lugar de eso, es notorio que el argumento solo tiene por objetivo cerrar como puede una historia mayor. Así que puntos sobre la naturaleza del cielo, el infierno, los ángeles e incluso la presencia de Dios y hasta el anunciado apocalipsis pasan a un segundo plano.

Buenas razones para decir adiós a ‘Good Omens’

Aun así, el corazón de la serie sigue funcionando gracias a Aziraphale y Crowley. La química entre ambos continúa siendo tan sólida que incluso las partes más torpes del episodio logran mantenerse a flote. Sheen conserva esa energía nerviosa de ángel administrativamente agotado, como un bibliotecario obligado a organizar el Apocalipsis. Tennant, mientras tanto, domina cada escena con una mezcla perfecta de ironía, cansancio existencial y dramatismo elegante. 

Crowley sigue siendo el personaje más magnético de toda la serie. Algo que permite que Tennant interprete cada línea con la comodidad de alguien que ya entiende completamente el ritmo emocional del personaje. Lo curioso es que el episodio tarda demasiado en reunirlos de verdad. Durante gran parte del metraje, el relato gira alrededor de tramas dispersas y figuras nuevas que ocupan un espacio valioso. Eso, dentro de una despedida que claramente necesitaba más tiempo para respirar.

Un adiós que sabe a poco

Con todo, el último capítulo está lleno de momentos memorables que son más destellos de lo que Good Omens pudo haber sido de tener la oportunidad. Desde la despedida y reencuentro entre su pareja protagónica hasta la llegada de Jesús (Bilal Hasna). La temporada introduce ideas interesantes, pero nunca encuentra suficiente espacio para desarrollarlas con calma. Todo entra, choca y desaparece rápidamente. Como una fila eterna de personajes secundarios esperando turno en el Juicio Final.

A pesar de eso, el capítulo final de Good Omens tiene unos últimos 20 minutos memorables y una escena final que hará llorar a los fanáticos. Pero de nuevo, todo sabe a poco y se lamenta que esta gran historia de fantasía llena de elementos interesantes se quede en una promesa. No obstante, el episodio logra alejarse de la polémica para apuntar a su mayor fortaleza. Recordar que esta historia de ángeles y demonios fue concebida para conmover. Algo que logra a pesar de todo. 

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