Los argentinos, tan dados a derramar el amor por sus ídolos, tienen una cohorte de nombres que, más allá de idolatrías, han elevado a dioses adorados. Diego Armando Maradona, después del Mundial México 86, se consagró sin condiciones entre los habitantes de ese cielo tan particular.
31 de mayo de 1986. La albiceleste llega a cuartos de final, enfrente está Inglaterra. Cuatro años antes, las Islas Malvinas. En Argentina nadie olvida la humillación, la impotencia… Maradona tampoco. Marca el gol de “la mano de Dios” ante la ceguera del árbitro y asombro del mundo entero; y otro, el más extraordinario que recuerden los anales mundialistas. El 10 festeja con la grada, y desde el segundo piso un grupo de argentinos, aferrados a un simbolismo, hacen volar sus orines hacia el piso de abajo del estadio Azteca: los ingleses no encuentran explicación a aquel insólito ataque. Se reúne con los periodistas, y alguno le pregunta: “¿El gol fue con la mano?”. “Sí, pero con la mano de Dios”. Un chispazo del ingenio latinoamericano: ¿se le hubiese ocurrido semejante salida a un sueco, noruego o eslovaco?
Maradona ahora levita, traspasa las fronteras de las nubes y va al cielo argentino. El chico pobre que lo superó todo, hasta llegar a la riqueza y a la revancha de las Malvinas. En México se enfrentó a la Fifa y sus horarios “europeos” de las doce del mediodía para todos los partidos. Viva Diego Armando.
El partido de las decisiones enfrenta a Argentina con el panzer alemán. Corre el 29 de junio. Atrás, en la cuneta del no poder, han quedado atascados Bulgaria, Corea del Sur, Italia, Uruguay, Inglaterra, Bélgica. Ahora quedaba la tenacidad del que nunca se da por vencido. Jorge Valdano, Jorge Burruchaga, Oscar Ruggeri, José Luis Brown, todos esos tipos tan decididos. 2 a 0, y empata Alemania. Entonces, como si fuese un acto de magia ensayado por cincuenta mil aficionados, las banderas alemanas cortan el cielo del estadio, por entonces con 115 mil almas apretujadas allá adentro. Goles Brown, de Valdano, de Karl-Heinz Rummenigge, de Rudi Voller, de Burruchaga…
El Mundial de México, a cuarenta años de distancia, dejó estampas impregnadas en las entrañas de quienes lo vivimos. El país, después de haber montado el de 1970, sabía lo que era organizarlo otra vez. Con la simpatía propia del pueblo mexicano trabajó con sabiduría azteca el campeonato, sintió en sus bocas el sabor de otras nacionalidades, y dejó en todos los que allá estuvimos ese perfume de un país de cultura aborigen y tradiciones único en América Latina.
Tenochtitlan, Nezahualcóyotl, Villa de Guadalajara, Puebla de Los Ángeles, Nuestra Señora de Monterrey, León, Querétaro, Toluca, Irapuato. Un Mundial fresco y e inolvidable, propio de sus sesenta y ocho pueblos indígenas que cantaron con orgullo que “Como México no hay dos”, y que será por siempre “Lindo y querido”.
Lo que nos tocó vivir…
Fueron tantas las cosas vistas y vividas, todos esos episodios abigarrados en la memoria, que no conseguimos por dónde comenzar el relato. Estábamos alojados en Ciudad de México y debíamos viajar a Guadalajara para la cobertura de los partidos de Brasil y España.
Eran odiseas, dificultades para conseguir cupo en los vuelos porque los funcionaros del aeropuerto no tenían pena al pedir una “mascada”. Viajes, aviones o trenes antiguos, ahí está la capital del estado tapatío.
Francia y los brasileños disputaron uno de los grandes partidos que recoja la historia mundialista; los aficionados, volcados con la selección suramericana, deseaban una victoria que los penales no dejaron.
Un trabajador del estadio, conmovido por la caída verde y amarilla, nos dijo, entre lágrimas y desconsuelo a la salida del partido, esta frase: “Los mariachis lloraron”.