Mucho se ha escrito sobre Muhammad Ali, no solamente durante sus 74 años de existencia, sino tras su fallecimiento en Scottsdale, Arizona, EE.UU., el 3 de junio de 2016. La razón es sencilla: demostró que el boxeo no es solo fuerza bruta, sino una combinación de arte, velocidad, estrategia que trascendió barreras socioculturales que perduran en el tiempo.

Apodado “El Más Grande” o “Bocazas”, Ali dejó claro durante 20 años que el mundo se dividiría en un antes y un después de su extrovertida personalidad. De hecho, solamente en EE.UU medios no especializados en boxeo, fuera de The Ring o Sports Illustrated, le dedicaron un volumen de espacio y seguimiento sin precedentes a lo largo de su vida.

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Durante los años 60 y 70, la prensa estadounidense fungió como el principal escenario de debate sobre sus hazañas en los pesos pesados, pero también ambientado en sus posturas políticas frente a la segregación racial y la guerra de Vietnam, por ejemplo.

Es así como The New York Times le dedicó miles de columnas impresas a lo largo de cinco décadas o cadenas de televisión como ABC con Dick Cavett y Johnny Carson entrevistándolo sin ningún filtro.

Ali solía decir que “el boxeo fue solo la plataforma para presentarme al mundo”. Su verdadero impacto se midió en las calles, en las universidades y en los tribunales, como su cambio de nombre de pila, Cassius Clay, en 1964, o su negativa a combatir en Vietnam en el 67.
Dentro del ring, Ali se mostraba como un peso pesado con alma de ligero, con aquello de que “floto como una mariposa y picó como una abeja”, icónica frase que lo inmortalizó.

Deterioro solo en lo físico

Ali se retiró el 11 de diciembre de 1981 al perder por decisión unánime ante Trevor Berbick. A sus casi 40 años, dejó récord de 56 victorias con 37 KO, 5 derrotas y el inédito campeón pesado lineal en los completos.

Tres años después de su retiro, comenzaría su batalla más importante: preservar la vida luego de ser diagnosticado con el síndrome de Parkinson, una enfermedad neurodegenerativa que fue minando progresivamente su movilidad y su capacidad de habla.

Aunque se especuló mucho sobre si los golpes recibidos en la cabeza durante su carrera –especialmente en sus combates más brutales de los años 70– precipitaron la enfermedad, Ali asumió el diagnóstico con la misma valentía que mostraba en el ring.

Y en lugar de esconderse, convirtió su enfermedad en una plataforma global al fundar en Arizona el “Centro de Parkinson Muhammad Ali” en 1997 para brindar tratamiento, apoyo y recursos a pacientes sin importar sus recursos económicos.

Además, había tenido el arrojo un año antes, en ocasión de las olimpíadas de Atlanta, de encender el pebetero, mostrando al planeta que la enfermedad no definía su espíritu ni disminuía su grandeza.

Sus últimos momentos

Los instantes finales de “El Más Grande” pasaron rodeados de su esposa Lonnie y sus hijos, quienes relataron a The New York Times que, incluso cuando sus órganos principales comenzaron a fallar, “su corazón continuó latiendo por varios minutos más”, un reflejo de la extraordinaria fuerza física y espiritual que lo caracterizó toda la vida.

Siguiendo las instrucciones precisas que el propio Ali había dejado escritas años atrás en un documento, sus funerales se extendieron durante varios días en su ciudad natal, Louisville, Kentucky.

Un cortejo fúnebre llevó sus restos por los puntos clave de su juventud en Louisville, incluyendo la casa de su infancia y el bulevar que lleva su nombre, donde decenas de miles de fanáticos salieron a las calles a lanzar flores y aplaudir.

Fue sepultado en el histórico Cementerio de Cave Hill en su natal Louisville. Su lápida lleva una inscripción muy sencilla, acorde a su fe musulmana: simplemente su nombre, Muhammad Ali.

No son diez años sin Ali, es la continuación de su legado.

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