Portugal celebró el pasado 10 de junio su día nacional, que también conmemora la muerte del vate Luis Vaz de Camões y de las comunidades lusitanas esparcidas en el ancho mundo. Debe ser, tal vez, la única nación del planeta que dedica la mayor fecha de celebración patria a un hombre de letras, que legó a la literatura, entre otras obras, el vasto poema épico Os Lusíadas, dedicadas a cantar, a semejanza de Virgilio con los griegos en su Eneida, las hazañas de los arriesgados marineros portugueses que recorrieron los océanos para trazar nuevas rutas de navegación, expandir el comercio y llegar a tierras inexploradas por el hombre en los siglos XV y XVI.
En una de sus más célebres frases, Camões recordaba que “mudan los tiempos y mudan las voluntades; todo el mundo se compone de mudanza que toman siempre nuevas cualidades”. En estas palabras de su más grande escritor, se puede resumir lo que es la selección de Portugal, un equipo que ha cambiado en estos últimos cuatro años, que mudó también la voluntad de su cuerpo técnico y sus protagonistas en la cancha y que ahora exhibe nuevas y mejores capacidades para ser por primera vez en la historia un candidato firme a campeonar en la Copa del Mundo de Norteamérica.
La mudanza de los ibéricos comenzó con el cambio de entrenador. Cerraron el ciclo del técnico Fernando Santos, con quien ganaron su primer título continental al derrotar 0-1 a Francia en el propio estadio de Saint-Denis, pero se quedaron estancados en su forma de concebir el juego. Demasiado precavido, sin mayores soluciones ofensivas para exprimir hasta la última gota el enorme talento de la plantilla, Santos hundió en el desconcierto a Portugal en el Mundial de Catar, donde terminó enfrentado con Cristiano Ronaldo y lo mandó al banco de suplentes en el choque que le costó la eliminación 1-0 ante la efervescente Marruecos, la sorpresa del torneo.
Bajo la conducción del español Roberto Martínez, artífice del regreso de Bélgica al primer plano del fútbol mundial, la escuadra lusitana mudó sus formas. Ya no depende exclusivamente de la potencia goleadora de CR7 y se transformó en un equipo coral. Del fondo de la cancha resuenan las voces de Mendes y Cancelo para ofrecer ida y vuelta y profundidad por los costados; en la media cancha, Vitinha es un mediocentro que arma, ordena y manda a la guerra con su inteligencia para repartir el balón, en una zona donde Bernardo Silva y Bruno Fernandes aportan inventiva, toque y goles, mientras que Pedro Neto se convirtió en el escudero ideal para el ataque. Mudó Portugal y su pueblo suspira por otra hazaña fantástica de sus guerreros más allá del Atlántico.