
Moana (Vaiana) es el live-action número 25 de Disney. Uno, además, que deja claro que la tendencia de brindar una segunda mirada a las grandes historias de la cultura pop es incombustible. Más interesada en copiar la magia de la cinta original que en darle un aire renovado, la producción de Thomas Kail decepciona en varias formas. Al mismo tiempo, se enfrenta al habitual cuestionamiento sobre la necesidad del live-action. Pero a la vez, al hecho de no agregar ni enriquecer la mitología de la historia. Algo que convierte a la cinta en un debate sobre la existencia misma del género que Disney se empeña en explorar.
Lo cierto es que Moana (Vaiana) demuestra que el estudio está dispuesto a renovar sus clásicos en nuevas adaptaciones. Todas, en un género que llegó para quedarse. Eso, a pesar de las críticas, algunos fracasos y también la inevitable pregunta de qué tan necesarios son como parte de la última década de producciones de Disney. Después de todo, se trata de varios de los relatos más queridos del estudio, solo que reformulados para una nueva generación. Pero la mayoría de ellos son prácticamente la misma película original, solo que en un formato distinto.
¿Se trata de una estrategia válida? Es una interrogante que se suele debatir cada cierto tiempo alrededor de los live-action como producciones. En particular, porque ha desatado un intenso debate global sobre la originalidad en Hollywood y la mercantilización de la nostalgia. Gran parte de la crítica cinematográfica y del público argumenta que estos proyectos carecen de alma y riesgo creativo. Por lo que son principalmente intentos poco disimulados de capitalizar el apego emocional de generaciones adultas.
El dilema de los live-action bajo la lupa

En especial, al calcar casi plano por plano películas icónicas del renacimiento de Disney, como Lilo y Stitch, El Rey León o La bella y la bestia. Moana (Vaiana) no es la excepción y, de hecho, uno de los grandes fallos de la más reciente cinta de Disney es su incapacidad para ser una producción con identidad propia. En el peor de los casos, ser una pobre imitación de la recordada cinta de origen.
Como si lo anterior no fuera suficiente, a la vez, se cuestiona duramente el ritmo acelerado de producción de los remakes. La mayoría, cada vez más cercanos en el tiempo al original. Un buen ejemplo es el caso de Moana (Vaiana), cuyo estreno ocurre apenas 10 años después del original.
Por lo que la gran duda ya no es tanto si Disney desea renovar su archivo dándole nueva vida a sus películas más conocidas, sino más bien un giro más singular. La de mostrar dos dimensiones de sus producciones más emblemáticas para llegar al mayor número de público. O, como en el caso de Moana (Vaiana), renovar o triplicar las ganancias de cualquier producción del universo. Este se ha convertido en uno de los más rentables del estudio.
No obstante, a pesar de todas las quejas alrededor de los remakes, el género también ha traído una revolución curiosa. En especial, una relacionada con el punto de vista sobre historias clásicas y su capacidad para dialogar con un público nuevo. Por lo que, a pesar de sus fallos y las críticas que enfrenta, todavía hay mucho que analizar sobre el tema de los live-action. Algo que el siguiente análisis sobre sus ventajas deja claro:
Una vuelta de tuerca al cine de animación

Aunque el live-action siempre está en debate, hay una ventaja indudable en una revisión de clásicos desde un punto de vista humano. Y una de las más llamativas es contar una historia querida desde un punto de vista más humano. Por lo que el género introduce actores de carne y hueso que aportan microexpresiones, imperfecciones y una vulnerabilidad difícil de replicar en la animación. Algo que permite que personajes convertidos en íconos sean más que solo dibujos y se transformen en algo más elaborado.
Por lo que los arquetipos de fantasía se transforman en vehículos capaces de analizar la naturaleza humana. Algo que hace que los conflictos se sientan más cercanos, crudos y emocionalmente desgarradores para las audiencias contemporáneas. Un punto a favor de los live-action y, en especial, de los experimentos visuales y de guion que se suelen llevar a cabo en las producciones. ¿Un buen ejemplo? La forma en que Jon Favreau utilizó el clásico El libro de la selva para rendir tributo tanto a la cinta original como al libro del cual proviene.
Evolución tecnológica y madurez de los efectos visuales

El live-action, además, es un género que admite la experimentación visual y de guion, con historias que directamente serán exitosas. Además, logran evitar depender en exceso de la historia original. Un buen ejemplo es el de La Cenicienta (2015) de Kenneth Branagh. El director logró no solo conservar la esencia del recordado animado, sino construir una versión moderna y con espíritu propio. Pero además, combinar la magia de animado con una interpretación más sofisticada del cuento de hadas.
Un punto en que el apartado técnico fue en especial importante. Eso, al usar herramientas de vanguardia como el CGI fotorrealista, la captura de movimiento avanzada y la producción virtual en entornos como The Volume. Desde el vestido de Cenicienta (Lily James) hasta la forma de capturar la magia del castillo del príncipe. Estas tecnologías permiten unificar elementos fantásticos con entornos físicos de una manera tan fluida que la línea entre lo real y lo digital se desvanece por completo. Algo que también logró La Bella y la Bestia (2017), en la que se trasladaron los muebles encantados a una versión realista cautivadora.
Redescubrir un clásico para nuevas audiencias

Aunque la mayoría de los live-action parezcan solamente copiar o realzar los más conocidos de obras originales, lo cierto es que el género apunta a lo nuevo. Mucho más, con un catálogo amplio y centenario como el de Disney. Películas como El Rey León, Mulán (2020), Cruella (2021) y Peter Pan & Wendy (2023) demostraron la capacidad de los live-action para profundizar en cintas icónicas.
En el caso de El rey león, Jon Favreau logró incorporar un aire naturalista y maduro a la icónica cinta. Por otro lado, la Cruella de Emma Stone brindó un aire contemporáneo a la querida premisa de 101 dálmatas. Ambas cintas demostraron la capacidad del remake de acción en vivo para explorar de manera distinta los clásicos generacionales. Mucho más interesante, permitir que legados artísticos históricos sean descubiertos, valorados y revitalizados. Eso, por generaciones enteras que, de otro modo, jamás habrían consumido el material de origen original.
Expansión, reinterpretación y madurez del canon original

Un live-action exitoso nunca es una copia exacta fotograma por fotograma. Más bien, se trata de un lienzo para profundizar en los cabos sueltos y la psicología del material original. Por lo que el género es el espacio perfecto para expandir el trasfondo político, social o mitológico de un universo. Lo que permite explorar temáticas más oscuras, complejas y maduras que quizás fueron suavizadas en versiones animadas infantiles.
Los directores pueden corregir problemas de ritmo del pasado, modernizar dinámicas de personajes que envejecieron mal y ofrecer perspectivas frescas sobre dilemas éticos conocidos. Esta reinterpretación enriquece el canon existente, generando intensos debates intelectuales dentro de la comunidad de fanáticos y otorgando una valiosa bidimensionalidad a obras que ya se consideraban cerradas.
Espectáculo visual a través del diseño de producción real

Cada uno de los live-action implica reconstruir un mundo imaginario a un nivel de detalle que usualmente resulta sorprendente. Y aunque la tecnología de efectos digitales hace más sencillo el camino, el género ofrece posibilidades infinitas. La construcción de sets físicos monumentales, el diseño de vestuario de alta costura hasta el maquillaje protésico artesanal. Todos son elementos que otorgan a las producciones una textura y un peso específicos imposibles de simular completamente en una computadora.
De modo que cada detalle tangible, desde el desgaste en la empuñadura de una espada hasta las imperfecciones de una armadura de metal, cuenta una historia. Una además, que enriquece el trasfondo del mundo. Este despliegue de artesanía técnica y diseño artístico no solo justifica la existencia de la obra. También celebra el cine como un esfuerzo creativo.
Estímulo económico para la industria global del entretenimiento

Hay que admitirlo: incluso con sonados fracasos a cuestas, los live-action son en su mayoría rentables. Las adaptaciones de gran presupuesto son motores financieros vitales para la industria del cine y la televisión. Pero además, los live-action son un paraíso creativo en plena ebullición. En especial, porque la mayoría requiere construir desde cero universos complejos que requieren de todo tipo de esfuerzos interactuando entre sí.
Un live-action requiere una compleja combinación de recursos técnicos y artísticos para traducir la fantasía a la realidad. En primer lugar, necesita un diseño de producción meticuloso, que abarca la construcción de decorados reales y la selección de locaciones físicas. El diseño de vestuario y el maquillaje son cruciales para caracterizar a los actores de forma creíble. A nivel técnico, exige una dirección de fotografía sofisticada con esquemas de iluminación cinematográfica avanzados. Finalmente, la posproducción es clave. Por lo que integra efectos visuales (VFX) digitales mediante CGI con efectos prácticos en el set. Todo un despliegue que supone puestos de trabajo y, además, nuevas exploraciones en el cine como elemento artístico.
Consolidar clásicos en la cultura pop

Adaptar una historia al formato live-action suele ser el paso necesario para explorar un universo en la cultura pop. Al dotar a los personajes de rostros humanos, estas historias pueden superar a sus originales. O al menos, encontrar su público. Todo, para convertirse en verdaderos fenómenos de masas que definen épocas enteras.
Los detalles del lore, los diálogos adaptados y las bandas sonoras orquestales se integran firmemente en la moda, el lenguaje cotidiano y las referencias de la cultura popular. Una evolución que hace del live-action la manera ideal para profundizar en historias queridas a través de todo un nuevo punto de vista.
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