Posesión infernal en llamas crítica
Posesión infernal en llamas crítica

Posesión infernal: En llamas tiene el raro honor de ser la más reciente entrada de una saga imbatible. Una que, hasta ahora, no ha perdido el favor del público. Y que, de hecho, parece renovarse en cada entrega para una generación distinta, que es precisamente lo que hace el director Sébastien Vaniček con habilidad. Por supuesto, la premisa no cambia demasiado: la maldición sobrenatural regresa y el guion analiza el terror gore desde el humor. Pero lo interesante de la película es que no se conforma solo con eso. 

De hecho, el director da un paso adelante y convierte el terreno de pesadilla de la cinta en una especie de combinación de varias cosas a la vez. Por un lado, homenajear a la saga creada por Sam Raimi en los ochenta en varios guiños ingeniosos ideales para fanáticos, lo que incluye un humor negrísimo. Al otro lado, innovar en el sentido del terror absurdo, violento y depravedo a nuevos niveles. Desde su prólogo (que casi podría decirse que es un pequeño corto que abre el apetito a los amantes del terror) hasta su final brutal. Lo cierto es que Posesión infernal: En llamas se salta los clichés para intentar algo novedoso de manera sencilla. Probar qué tan repugnante puede ser. 

Pero eso, sin dejar de lado que es una película de terror compleja y que además depende de un universo mayor. Es evidente que Sébastien Vaniček comprende perfectamente la tradición de la que proviene la película. Por lo que sabe, no puede competir con el mismo Raimi, Lee Cronin o Fede Álvarez, directores anteriores en la saga. Así que su estrategia consiste en recoger las reglas que definieron la franquicia y reorganizarlas desde otra sensibilidad. En lugar de construir un espectáculo centrado únicamente en la brutalidad física, utiliza el sufrimiento emocional como punto de partida. Una decisión que cambia el tono y el ritmo de la cinta casi desde el principio. 

Dolor, miedo y asco en ‘Posesión infernal: En llamas’

Así que Posesión infernal: En llamas evita la decisión sencilla de que la trama solo sean decapitaciones, vísceras derramadas o vómitos sangrientos. Antes que eso, el horror aparece desde el primer momento como una serie de indicios de que hay algo perturbador. El director construye lentamente la idea de que el mal se aloja en lo corriente. Un punto de vista que recuerda, casi de manera inevitable, a los ya clásicos primeros diez minutos de Posesión infernal: El despertar, de 2023. 

No obstante, la decisión más inteligente de la trama es que, antes de que los demonios hagan acto de presencia, ya hay una amenaza. Y una mucho más cercana: la incapacidad de una familia para convivir con la pérdida. Alice (Souheila Yacoub) queda devastada tras la muerte accidental de su esposo (George Pullar). Ese acontecimiento rompe cualquier posibilidad de regresar a una vida normal. Además, la obliga a compartir techo con unos suegros incapaces de ocultar el resentimiento que sienten hacia ella. 

Así que antes de escuchar un solo rugido demoníaco, Posesión infernal: En llamas, convierte las conversaciones cotidianas en pequeñas batallas psicológicas. Cada mirada pesa más que cualquier criatura sobrenatural. Cada silencio parece esconder una sentencia. Ese conflicto doméstico termina volviéndose la verdadera puerta de entrada al infierno. En lugar de presentar el mal como una fuerza que aparece desde el exterior, la historia insinúa algo más tétrico. Que las heridas familiares pueden abrir espacio para horrores todavía más difíciles de enfrentar. Ese planteamiento modifica por completo el tono habitual de la saga sin romper el vínculo con todo aquello que la convirtió en un clásico.

Cuando el dolor deja de ser humano

Debido a eso, uno de los aspectos más interesantes de Posesión infernal: En llamas es la manera en que reorganiza las prioridades de la franquicia. Durante años, los llamados deadites fueron el centro absoluto del espectáculo. Eran monstruos capaces de deformar cuerpos, romper huesos y convertir cualquier objeto cotidiano en un instrumento de tortura. En la cinta, continúan siendo una presencia devastadora, pero la trama retrasa deliberadamente su protagonismo para concentrarse primero en otro tipo de violencia. 

Sébastien Vaniček explora cómo el miedo puede ser devastador antes de que aparezca una criatura sobrenatural. Además, construye ese clima utilizando emociones reconocibles. La culpa, el rencor y el duelo ocupan el lugar que en otras entregas pertenecía exclusivamente a la sangre. Esa decisión no reduce el impacto del horror físico. Al contrario, consigue que cuando finalmente explota, resulte todavía más perturbador porque encuentra a unos personajes ya completamente desgastados por sus propios conflictos.

Posesión infernal en llamas

Quizás, uno de los puntos bajos de Posesión infernal: En llamas se debe precisamente a eso. La película intenta con tanta insistencia mostrar todos los ángulos del dolor de sus personajes, que por momentos, resulta confusa. En especial, porque el montaje provoca cierta sensación de desconcierto, como si algunas piezas estuvieran fuera de sitio deliberadamente. Sin embargo, conforme avanza la historia, esa aparente desorganización empieza a cobrar sentido.

 Vaniček utiliza esa fragmentación para insistir en que el horror nunca sigue un recorrido limpio ni responde a expectativas cómodas. La película prefiere sembrar incertidumbre antes que ofrecer respuestas inmediatas. Y aunque el mecanismo no siempre funciona con la misma precisión, aporta una personalidad distinta dentro de una saga acostumbrada a desafiar las convenciones. Uno de los puntos altos de esta rara versión del universo Evil Dead que trata de encontrar su propio lugar en la saga. 

Seguir leyendo: ‘Posesión infernal: En llamas’, crítica: La franquicia se renueva para un nuevo público 

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