Ronaldinho

HHace unos días oíamos y leíamos las visiones del fútbol de hoy en la voz de Jorge Valdano. El antiguo campeón del mundo con la selección de Argentina86 hablaba de la “deshumanización”, de la pérdida de la creatividad, y de que en este deporte ahora se vive la era del “espionaje empresarial“.

Quien escribe comulga con las palabras del teórico del fútbol. El fútbol que se vive en la actualidad, en virtud de la proliferación de la imagen, ha propiciado que todos se copien de todos, que se haya uniformado el juego y que ya los jugadores habilidosos de quiebre de cinturas y “dribbling” sean, como el perdido leopardo de las nieves del Himalaya, una especie en extinción. ¿Qué sería hoy, por poner un ejemplo, de la vida de Garrincha con su ingenio y su inteligencia para engañar a los defensores? Quizás el último de la raza de los dibujantes del sortilegio haya sido Ronaldinho Gaucho, el prestidigitador de la pelota, el quiromántico de los campos del mundo.

El fútbol rueda en la tendencia de la época, en la que todo lo que se concibe y se hace tenga que ser a ráfagas violentas, a la brevedad posible. Ya al jugador no se le cultiva por sus virtudes con el balón, por aquella sagacidad para el engaño y la inocente pirueta; ahora se le exige poder, fuerza, manejar la bola en uno o dos toques y llegar al área contraria con velocidad de luz. Lo acabamos de ver en el Mundial: tiene la pelota el arquero, se la da a un defensor ubicado a la derecha o a la izquierda, pase vertical al medio, este al atacante y la explosión allá al frente. Todos hacen casi lo mismo, son previsibles, a diferencia del pasado cuando florecía el juego y el rejuego con el balón.

Y es ahí donde radica el temor de los hombres del pasado. Aquellos que, como Valdano, ven en el futuro inmediato la robotización del futbolista y la conversión del fútbol en un “juego de play”. El hecho estético del fútbol es ahora otro; ya no es con el dominio de la belleza y la lírica de complacencia a los aficionados, sino con la potencia y el estado físico. Ya no se ven con frecuencia futbolistas flacos y pequeños de estatura, sino normalmente forzudos de ancha espaldas y rostros amenazantes.

Todo este gris panorama da razón a Valdano en cuanto a la deshumanización del fútbol. No es como en los tiempos cuando se iba a ver y seguir los detalles de un jugador, sus valores y elegancia; ahora se cotiza al colectivo, pero mal entendido.

Ya sabemos que el fútbol es un juego en el que debe prevalecer, por sus raíces y sus orígenes, el hecho solidario pero siempre desde la individualidad a lo general y no al revés, como es en esta era en la que casi no se piensa: se actúa conforme a los criterios resultadistas en los que no importan las causas, sino los efectos de un fútbol que ha perdido su amor y el romance. ¿O no será que ahora el idilio se interpreta de otra manera?

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Visiones de ayer y de hoy

Remontémonos al pasado.

En el Mundial de 1954, jugado en Suiza, Hungría revolucionó con aquel sistema de la “WM” en la que los jugadores cambiaban constantemente de posiciones, y los defensores, desconcertados, no sabía a quién marcar.

Esto fue llevado a la selección holandesa por Rinus Michels en el Mundial de Alemania74, al Barcelona por Johan Cruyff, y luego heredado por Josep Guardiola. Y hasta ahí. Las teorías y prácticas concebidas por el catalán, por ahí por los años cercanos al 2020, quedaron en la lejanía. El fútbol contemporáneo no admite adornos ni frisos, sino efectividad; por eso el quehacer de mampostería ha sido desplazado por otro más pragmático y apegado al marcador, en el que lo que interesa no es el cómo jugar, sino el cómo ganar. Ahí Europa aventaja a América del Sur y aumenta la delantera: 14 a 10 mundiales a su favor.

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