Los métodos de secuenciación de ADN han avanzado muchísimo en los últimos años. Gracias a ello, se han podido resolver crímenes históricos y misterios antiquísimos. O incluso una combinación de ambos. Es precisamente lo que acaba de hacer el equipo de la genetista Turi King, de la Universidad de Leicester. Esta investigadora es conocida por estar detrás de la secuenciación del ADN que ayudó a identificar al rey Ricardo III en 2014. Por eso, no dudaron en contar con ella para intentar resolver por fin un misterio histórico considerado como uno de los más enigmáticos del siglo XIX.
De nuevo, se trata de algo relacionado con la aristocracia. Concretamente, de la identidad de Kaspar Hauser, un “niño salvaje” que fue brutalmente asesinado después de sospechar que se trataba del hijo desaparecido del príncipe de la región alemana de Baden.
Tras su asesinato, se conservaron fragmentos de su ropa manchada de sangre. Por eso, cuando en la década de 1990 comenzaron a emplearse más ampliamente las técnicas de secuenciación de ADN, se hicieron varios intentos de compararlo con el de sus supuestas hermanas, para averiguar si realmente se trataba del heredero perdido. Lamentablemente, el ADN estaba demasiado dañado y las técnicas de secuenciación aún en pañales, por lo que no se pudo averiguar si Hauser era el pequeño príncipe. Ahora, 30 años después, el ADN sigue igual de dañado, o incluso más, pero la genética ha experimentado una gran revolución que por fin ha arrojado una solución sobre este misterio.
Una historia de muertes y traiciones
En 1812, el único hijo varón del Gran Duque Carlos, príncipe de Baden, murió siendo solo un bebé. Esto dejaba al príncipe sin heredero y daba comienzo a una larga disputa por la creación de líneas sucesorias alternativas.
La disputa seguía aún en el candelero cuando 16 años más tarde un “niño salvaje” apareció en la ciudad de Núremberg con dos cartas en las que señalaba que había crecido en una mazmorra, preso de un hombre misterioso. Apenas sabía hablar y, por supuesto, no tenía ni idea de escribir, pero sí que le habían enseñado a plasmar su nombre: Kaspar Hauser.
El niño era un adolescente, de unos 16 años, por lo que se empezó a sospechar que fuese el hijo del Gran Duque. En su día, tras la muerte del bebé, se sospechó que los enemigos del príncipe podrían haber secuestrado a su heredero, dejando en la cuna a un bebé moribundo, para que todos pensasen que había muerto. Eso facilitaría la deseada línea sucesoria alternativa.


No obstante, nunca se pudo demostrar si esto ocurrió de verdad. La aparición de Hauser echó leña a aquella teoría, por lo que, desde las sombras, quienes se oponían a la legítima herencia del hijo del Gran Duque pusieron precio a su cabeza. Cinco años después, el pobre joven fue apuñalado hasta la muerte. Pero nunca se supo si en realidad era el príncipe o la obra de un farsante. Nació así este misterio histórico que, por fin, tiene solución gracias a las técnicas de secuenciación de ADN.
La corta pero maravillosa historia de la secuenciación del ADN
Los dos métodos principales de secuenciación del ADN se comenzaron a utilizar en la década de 1977. Eran principalmente el método de los didesoxinucleótidos, desarrollado por Sanger, y el método químico, ideado por Maxam y Gilbert. Ambos parten de la base de que el ADN está compuesto por nucleótidos unidos a cuatro tipos distintos de bases nitrogenadas: la adenina (A), la guanina (G), la citosina(C) y la timina (T).
En el método de Sanger, se replica el método natural por el que el ADN se puede duplicar. Para ello, se utiliza una enzima, llamada ADN polimerasa, que toma una cadena de ADN y va uniendo a cada nucleótido otro nucleótido con su base complementaria. La adenina y la timina son complementarias entre sí, del mismo modo que la guanina y la citosina. La diferencia entre el método natural y la secuenciación de ADN de Sanger es que en cada ciclo se añade un didesoxinucleótido para una base concreta.


Estos son nucleótidos que carecen de un grupo hidroxilo, compuesto por hidrógeno y oxígeno, y que paran el proceso cuando se colocan. Es decir, la polimerasa no sigue colocando nucleótidos. Así, se pueden medir los fragmentos que se van formando en cada ciclo y discernir dónde se situaban las distintas bases que componen las letras del ADN.
Con la secuenciación química, lo que se hace es aplicar sustancias que crean roturas en las distintas bases. Así, después se puede hacer también una composición de la secuencia analizando los fragmentos que se forman.
Todo esto es un proceso muy lento. No obstante, con el paso de los años se fue automatizando con máquinas que permitían analizar mucho mejor las secuencias. Gracias a ello, en la década de 1990 se pudo comenzar a secuenciar el genoma humano, abriendo un abanico de posibilidades inmenso. Se podía buscar genes asociados a enfermedades en una persona, identificar la paternidad de una persona o incluso resolver un misterio histórico como Hauser. Lamentablemente, ahí seguía habiendo un hándicap.
Un misterio histórico difícil de resolver
En las décadas de 1990 y 2000, las técnicas de secuenciación genética solo permitían analizar fragmentos de ADN grandes. Lamentablemente, el ADN se va deteriorando con el paso de los años, por lo que en las muestras antiguas solo se pueden obtener fragmentos cortos. Por eso, en los primeros intentos de secuenciación del ADN de Hauser, no se logró llegar a buen puerto.
Las muestras quedaron guardadas hasta que el equipo de King decidió retomar la investigación. Gracias a las nuevas técnicas de secuenciación de ADN pudieron resolver este misterio histórico de una vez por todas.


Para ello, se centraron en el ADN mitocondrial. Este se encuentra en las mitocondrias, unos orgánulos que sirven como motor para la célula, pues es ahí donde se produce la respiración celular. Se trata de un ADN que se transmite fundamentalmente por vía materna y que resulta muy interesante para el análisis de muestras antiguas, ya que se encuentra en gran cantidad y no se pierde tan fácilmente con la degradación.
El equipo de King comenzó por analizar el ADN mitocondrial de las muestras de sangre de la ropa de Hauser, y también del pelo extraído del cadáver. Se comprobó que el ADN era el mismo, por lo que las muestras eran reales. Sin embargo, la sorpresa llegó cuando decidieron compararlo con el ADN de las otras hijas del Gran Duque, así como el de sus descendientes. Las muestras no mostraron ningún parentesco.
Esto demuestra que el pobre Kaspar, asesinado por ser el hijo del príncipe de Baden, ni siquiera era esa persona. Posiblemente fue una doble víctima, de asesinato y de fraude. Eso sin contar las terribles condiciones en las que debió crecer para llegar a los 16 años sin apenas saber hablar. Lamentablemente, ese sí que seguirá siendo un misterio para el resto de la historia.