Primate, del director Johannes Roberts, vuelve al subgénero de animales brutales y peligrosos tan popular en el cine de terror, con un giro novedoso. Eso, al convertir la amenaza de un chimpancé contagiado de rabia en algo más que la excusa para vísceras derramadas, persecuciones terroríficas y horror. En lugar de eso, la cinta (que también escribe el director), está más interesada en construir la sensación de que el peligro es un hecho inherente a la naturaleza salvaje. Por lo que la idea de cuidar, proteger o querer a cualquier animal, entraña por necesidad un riesgo. 

Visto de esa forma, la amenaza en Primate resulta más inquietante porque sugiere que, a pesar de las buenas intenciones de cualquiera, el peligro siempre está ahí. Un giro, además, que toma referencias en varias películas del género a partir de ópticas interesantes. Desde propuestas solemnes y tensas como Tiburón, en la que la bestia titular se mostraba como un fenómeno de la naturaleza, hasta la absurda Cocaine Bear, que jugaba con el absurdo. Primate enlaza ambos puntos de vista y los cuestiona de origen, dejando claro que el error siempre ha sido la arrogancia humana de creer en la domesticación de la naturaleza. 

Pero además, Primate triunfa por su sencillez. No busca elevar el género ni justificar su existencia con discursos grandilocuentes o sofisticados. Más bien, su apuesta es más clara: contar una historia consciente de su propia ridiculez potencial. Roberts, que ya ha demostrado afinidad por el terror funcional en The Strangers: Prey at Night, entiende que este tipo de historias necesitan ritmo antes que profundidad. De modo que la película se apoya en una premisa mínima y la exprime con disciplina casi mecánica. Algo que brinda a la película un ritmo y una coherencia al narrar su historia que se convierte en su principal fortaleza.

Una historia sencilla pero efectiva para los amantes del terror

Primate basa buena parte del éxito de su premisa en mantenerse sencilla y sin grandes giros. Así que no necesita explicaciones rebuscadas ni discursos pseudocientíficos. La amenaza es física, cercana y brutal: un chimpancé, que al principio parece un animal pacífico y encantador, se convierte en una máquina de matar. El guion de Ernest Riera se limita a establecer el tablero y dejar que las piezas se destruyan entre sí. Así que desde sus primeros minutos, anuncia su inclinación por el exceso y lo explícito. 

Así que hay sangre suficiente para incomodar, humor negro para liberar tensión y un ritmo que evita la fatiga. Primate tiene mucho de una reacción directa al terror elevado, tan en tendencia en las últimas décadas. Por lo que el argumento no tiene interés por el prestigio ni por la trascendencia cultural. La decisión, convierte a Primate en un objeto extraño pero efectivo. Un producto consciente de su lugar en el mercado y cómodo dentro de sus limitaciones. El resultado no reinventa nada, pero tampoco se avergüenza de existir.

Más interesante todavía, Primate recurre a la idea de que no hay nada original en el cine, por lo que copia con cierto descaro y rinde homenaje al género de terror más gore sin disimulo. Buena parte de su éxito, es lograr que ese descaro en la manera de profundizar en su historia, lleve a casi de manera involuntaria a sorprender y divertir. Una combinación que convierte varias de sus escenas más terroríficas en un verdadero estudio del terror más salvaje y brutal. 

Familia, encierro y colmillos

Miguel Torres Umba as “Ben» and Johnny Sequoyah as “Lucy» in Primate from Paramount Pictures.

Para eso, la película enfoca su interés en personajes sencillos pero bien construidos. Lucy (Johnny Sequoyah) es una joven que viaja a Hawái tras una larga ausencia en una especie de viaje iniciático. Todo para reencontrarse con su padre, Adam (Troy Kotsur), y su hermana menor, Ellie (Gia Hunter). El escenario principal, una casa aislada en una colina, es, por supuesto, un espacio cerrado ideal para el desastre. Lucy no llega sola. La acompañan Kate (Victoria Wyant), su amiga leal, y Hannah (Jessica Alexander), una presencia incómoda que añade fricción inmediata al grupo. 

La película no pierde tiempo en contar el elemento central del pasado familiar. La madre fallecida de Lucy y Ellie fue una investigadora del comportamiento animal, una figura inspirada en la observación y el afecto hacia los primates. De esa relación queda Ben, un chimpancé criado como parte del hogar. Otro acierto de la cinta es que Ben no es presentado como una curiosidad exótica, sino como un miembro más de la familia. 

Usa camisetas, responde a comandos simples y se comunica mediante señas y botones. Esta presentación resulta clave, porque establece un vínculo emocional genuino antes de que la historia se vuelva trágica. Cuando ocurre el evento que transforma a Ben en una amenaza, la película no se detiene a justificarlo en exceso. El cambio es abrupto, violento y definitivo. La casa, antes refugio, se convierte rápidamente en una trampa. Por lo que el aislamiento deja de ser pintoresco y pasa a ser una condena.

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