Entre los muchos y comprensibles reparos que se realizó al fútbol que ponía en práctica la selección Vinotinto femenina, desde los tiempos del nefasto panameño Kennet Zsermeta hasta los días de la conflictiva italiana Pamela Conti en el banquillo, uno de los más censurados era las pocas luces del equipo a la hora de pisar el campo contrario. Todo se reducía a la simplificación de mandar pelotazos para intentar avanzar en jugadas divididas, con la ilusión de que en algún yerro de la defensa rival Ysaura Viso, Joemar Guarecuco y especialmente Deyna Castellanos encontraran el sendero al gol en un rapto de genialidad individual.

Con el brasileño Ricardo Belli al mando de la selección se viene trabajando en inculcar las complejidades del fútbol posicional, la búsqueda del espacio y la jugadora libre, mediante la posesión del balón con el propósito de adelantar el bloque de manera armónica, mediante toques cortos y precisos hasta llegar al arco rival como consecuencia de un juego combinativo. Este estilo, por su puesto, requiere tiempo de trabajo, paciencia y un esfuerzo táctico más exigente de las intérpretes.

Porque no se trata solo de salir jugando desde el fondo de la cancha con el balón dominado, sino que hace falta comprender el juego para saber cómo superar la presión del rival atrayendo la marca a través de la conducción, buscando un pase de seguridad con la mediocentro que se ofrece como alternativa o lateralizando para ampliar la cancha y profundizar el ataque a través de la proyección por los carriles externos. Ese fútbol exige correr riesgos. Uno de ellos perder el balón en salida, tal como ocurrió en el primer gol anotado por Argentina en el revés 1-2en Cabudare.

Pero sin importar los errores que se puedan incurrir en esas acciones, muy pocos en verdad a lo largo de esta eliminatoria al Mundial de Brasil 2027, la propuesta de Belli tiene la ventaja de aportar un desarrollo conceptual del que la Vinotinto femenina carecía por completo. El brasileño está sentado las bases de una manera de practicar el juego acorde con el biotipo de nuestras futbolistas, que carecen de altura para dominar el juego aéreo o la fuerza para imponer el físico en las pelotas divididas. La técnica para controlar el balón es uno de los mayores patrimonios de las venezolanas, con Deyna como estandarte, y lo más conveniente es sacar el máximo partido de esa característica que las singulariza en Suramérica. Con ese fútbol posicional están encaminadas a obtener el inédito cupo a la repesca mundialista, un logro que la selección masculina no alcanzó pese a contar con todo a su favor.

La sub-17 no merece ir al Mundial

Sin importar que consiga la clasificación al Mundial de Catar en el último duelo del sábado ante Bolivia, el desempeño de la selección sub-17 en el Campeonato Suramericano de Paraguay ha sido de una pobreza descorazonadora. No se explica cómo el equipo del técnico Johnny Ferreira, después de tantos meses de módulos de trabajo, partidos y torneos amistosos internacionales, no presente una idea de juego bien elaborada, sobre todo partiendo del nuevo proyecto de la Federación Venezolana de Fútbol, de llevar aguas abajo los conceptos de fútbol progresivo que Oswaldo Vizcarrondo trajo para la selección absoluta.

También preocupa el trabajo realizado por el departamento de scouting de la FVF, que en las ruedas de prensa dicta cátedra de estadísticas y conocimientos de jugadores en Venezuela y el mundo, pero que en la práctica parece haber perdido el foco en la elección de los perfiles.

Con menos recursos y sin los avances tecnológicos de estos tiempos, el maestro Lino Alonso recorría los estadios del país y descubría con su sabiduría futbolística a los Rafael Dudamel, Rubert Morán, Juan Arango, Daniel Noriega, Jorge Rojas, Cristian Cásseres y un largo etcétera que defendieron a las selecciones menores a punta de talento.

Si estos son los mejores futbolistas de su generación, entonces el problema es más grave. Lo cierto es que con un fútbol tan limitado, la sub-17 no merece ir al Mundial de Catar.

Carabobo fue el más atrevido al apretar a River en su propia cancha

La alegría de los cinco equipos venezolanos invictos en la Copa Libertadores y la Suramericana se topó con las diferencias individuales y colectivas que todavía alejan a Venezuela de poder sacar puntos y trascender en los torneos de la región.
El Deportivo La Guaira estuvo muy cerca de conseguir un triunfo inédito en los endemoniados 3.637 metros de altitud del estadio Hernando Siles de La Paz.

Dominó el partido con su paciencia de carbonero para controlar el juego a partir de la posesión, pero bastó que el joven arquero Jorge Sánchez se despistara, sin que ningún compañero tomara conciencia de la presencia de dominicano Dorny Romero merodeando el área, para que se produjera el absurdo gol que destrozó el esfuerzo para sobrevivir en el techo del mundo.

Carabobo tuvo el atrevimiento de presionar a River Plate en su propio estadio, algo impensado para los equipos venezolanos que siempre salen a resguardarse ante los clubes poderosos de la región. Pero en el fútbol no basta defender muy arriba o replegado, también hay que atacar al rival, lo que le faltó al granate para que su atrevimiento fuera más consistente. River sufrió hasta que la velocidad del ecuatoriano Kendry Páez cambió el juego.

La UCV se consumió en sus propios errores defensivos, luego de un comienzo prometedor ante Independiente del Valle, mientras Academia Puerto Cabello sucumbió ante Cienciano, como era previsible en los 3..400 metros del Cuzco. El más débil de todos, el Caracas de Aristeguieta, sigue invicto aunque su triunfo ante Petrolero de Bolivia debió ser más amplio.

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