Sadio Mané camina por las calles de Bambali, Senegal, y una nube de carajitos corretea a su alrededor. Va vestido todo de azul, camiseta y pantalón corto de pescador, y las sandalias dejan que el polvo de la vía ensucia sus pies. Se acerca a su aldea de nacimiento, a su gente, a sus puntos de partida, y ve la escuela medio derruida. Busca a los delegados comunitarios, les da instrucciones y dinero para rehacer la construcción de aquel lugar, alegoría de su actual riqueza.
Así lo ha hecho siempre. Gana cuarenta millones de euros al año por su juego como atacante en el Al-Nassr FC de Arabia Saudita pero no echa a los acantilados del olvido sus raíces, sus pequeña ciudad, su barrio donde jugaba a pies descalzos las partidas sin mirar un porvenir dorado que por entonces no existía.
En Europa y América los más afamados futbolistas viven en una contrastante realidad. Sus afanes no parecen estar en ver cuál de ellos mece más las redes adversarias con sus goles de feria, sino en medir cuál de ellos compra el auto más caro: si pasa del millón de dólares, cuánto mejor.
Esa es una finalidad que puede parecer lógica: el muchacho pobre que quisiera llegar algún día a un equipo de alcurnia y ganar un cerro de dinero, para que el Mercedes Benz o el Ferrari en el garaje le termine de dar el status merecido.
Acabamos de conocer el contrato firmado por Lionel Messi con el Inter de Miami, y ni qué decir de la cantidad sideral que llega al palacio de Cristiano Ronaldo por juguetear con el balón en Arabia Saudita y en el mismo equipo de Sadio Mané. Hace poco tiempo desde ese país ofrecieron Al Real Madrid “nada más” que mil millones de euros (un milardo, en términos modernos para que dejara ir a Vinicius.
Ganar este montón de plata dejó de ser una temeridad. Ya son normales los ceros a la derecha, como lo son también los yates a todo lujo en el mar Mediterráneo o los desaforados matrimonios con elefantes, como el de Sergio Ramos, o las fiestas de derroche insensato con enanos bailarines como la que celebró Lamile Yamal al cumplir dieciocho años de edad.
Latinoamérica, aunque con cierta de modestia, es también propicia para el desmadre de ciertos jugadores. En Brasil y México se gana plata de la buena, aunque todavía lejos de lo que se entrega ostentosamente por jugar Europa o los países árabes. Todo esto tendrá que ver con las condiciones económicas de cada continente, de su capacidad de tirar el dinero en distracciones futboleras, posiblemente copiadas siglos después, del circo romano, aunque no ya con leones y gladiadores, sino con fieras del fútbol y furiosos gigantes del mediocampo.
Así van las cosas en el universo futbolero. Con desigualdades y contratos arbitrarios, con manás millonarios para algunos y migajas para la mayoría. Pero, ¿no ha sido siempre así el comportamiento humano? ¿Quién le pone puertas al monte?
Palabras de Luis Enrique
Sin silencios ni cárceles de palabras, el entrenador del París Saint-Germain lo ha dicho: “Los jugadores de fútbol ganan más de lo que merecen, porque ellos no hacen nada por la sociedad. Son reconocidos en la calle, pero ¿si fueran jugadores de otro deporte tendrían la misma fama?”.
Luis Enrique, en un tiempo buen mediocampista y atacante, critica la fortuna que paga el fútbol, pero sabe que no hay nada que él ni nadie puedan hacer, porque el juego se han convertido, al paso de los años, en una industria indetenible, que demuele y se lleva todo al paso de su gigantismo.
Es absurdo, y paradójico, que un futbolista puede ganar en un partido más que un investigador que ha conseguido la inmunidad a una enfermedad que ha salvado a millones. El mundo está construido así, porque al final, el esparcimiento es también inherentes al ocio de la gente.